Una horrible ventisca azotaba un pequeño pueblo ubicado en un lugar que
espero conocer pronto. Lo que antes era tan verde y radiante como los
ojos de una niñita enamorada es ahora blanco y frío por culpa de la
nieve. Pese al hielo que congelaba desde el árbol más viejo hasta la
flor más diminuta, se podía sentir el candor de su naturaleza. Ese
candor lo percibía perfectamente Enobuc, un pequeño muchacho de 10 años
que perdió a sus padres cuando tenía tan sólo 2 años y que vivía con su
abuela en una cabaña en el sur de aquella zona.
Abrigados sólo con una chimenea a leña y con su mutuo amor, Enobuc y su
abuela sobrevivían al mal tiempo. Todos los días comían juntos. La
anciana nunca le preparaba algo que no tuviera huevos; les encantaban al
niño. Les gustaba pasar el tiempo paseando por los prados, pero como el
clima no los acompañaba se dedicaban a estar en su hogar y contar
historias. La abuela siempre guardaba los mejores relatos para la noche,
ya que al pequeño niño le encantaba dormir escuchando la voz de la
señora mayor y sentir sus clásicos besos de buenas noches en la frente.
Pasaban los días y el frío no se iba. Ya aburrido de estar encerrado en su casa,
Enobuc decidió salir para pasear por los prados sin decirle a nadie. El ver todo
congelado no lo puso triste, al contrario, se mostraba alegre porque
pensaba que pese al mal tiempo algunos árboles seguían vivos. Él lo
interpretaba como que nunca hay que rendirse. Esa frase el muchacho la
tenía grabada en su cabeza, dado que su abuela siempre se lo decía.
Cuando el pequeño regresó a casa, su abuela lo castigó de inmediato.
Ella se encontraba asustada porque pensaba que él había desaparecido en
medio de la tormenta. "No te imaginas el miedo que sentía. No sabía
dónde estabas, pensaba que no volverías nunca. ¿Acaso no piensas en ti
mismo? ¿Acaso no piensas en mí y en el temor que tengo de perder lo más
importante que me queda en la vida?", exclamaba la anciana con las pocas
fuerzas que le quedaban. Enobuc le pidió perdón mientras ambos lloraban
a mares. Pese al castigo, la señora no se negaba a contarle una de sus
historias al niño antes de dormir ni menos al beso en la frente.
Al día siguiente, después de almorzar, Enobuc percató que su abuela
estaba durmiendo, por lo que decidió escaparse, ir a pasear un rato y
regresar antes de que se ella enterara. Sigilosamente se escapa por la
puerta y comenzó su caminata. Recorrió los prados, alimentó con pan a
las criaturas que veía y le sacó la nieve a las plantas que encontraba.
Mientras paseaba se da cuenta que hay un huevo escondido en el agujero
de un árbol. Tenía miedo de que aquel cuerpo ovalado se congelara, por
lo que decidió llevárselo.
Todo ocurría tranquilamente como el pequeño huérfano esperaba, hasta
que se dio cuenta que la ventisca era cada vez más fuerte. La nieve no
lo dejaba ver, por lo que se dio cuenta que no le sería fácil regresar a
casa. El miedo y la angustia se apoderaban de su pequeño cuerpo. Tenía
pánico porque pensaba que no volvería jamás a ver a su abuela, también
pena porque tenía claro que esto fue su culpa. Una fuerte corriente de
viento lo tiró al piso y debido a sus pocas fuerzas no pudo pararse. Sus
pequeños ojos se cerraban poco a poco, hasta que de reojo vio un
destello de tinte rojo. Al no poder más, Enobuc cerró por completo sus
ojos.
Ya era de noche cuando Enobuc despertó de golpe en su cama. No sabía qué
había pasado, tampoco cómo ni cuándo había regresado a su casa. Su
abuela entró a su habitación demostrando en su mirar una mezcla de
decepción y tristeza, además de un notorio malestar físico. La anciana
le contó que ella fue quien lo rescató de lo que de seguro hubiera sido
una tragedia. "Debido a las pocas fuerzas que me quedan sólo te contaré
la historia de cada noche y después me iré a descansar" dijo la abuela
mientras Enobuc no aguantaba más de la pena que sentía, ya que sabía que
por su culpa ella estaba así.
La abuela le contó una historia fantástica sobre un ave gigantesca
llamada Sertlom. "La leyenda cuenta que sus plumas eran de un tipo de
fuego que el hombre jamás llegaría dominar. Duerme solitariamente en una
montaña que está cerca de acá. Cada año pone un huevo, cuando esto pasa
Sertlom muere, pero su espíritu se mantiene en el cascarón. Algunos
dicen que esta ave representa amor y valor" decía ella con las pocas
fuerzas que le quedaban. Una vez dicho el cuento, la anciana le dio un
beso en la frente a Enobuc y le dijo: "Siempre serás mi nieto querido.
Pese a lo porfiado que saliste eres lo mejor que me pudo pasar. Gracias
por dejar que te cuidara todos estos años. No te sientas mal por lo que
pasó, en parte me deja feliz porque me demuestra que siempre das todo
por lo que te gusta. Nunca cambies. Siempre haz lo que creas mejor.
Buenas noches. Te amo y siempre lo haré". Al otro día, el muchacho
encuentra a su abuela muerta en el living. Junto a ella se encontraba el
huevo que había encontrado en el árbol.
En su corta vida Enobuc había sentido tal tristeza. Él era muy pequeño
para haber llorado a sus padres, pero ahora vio morir a la persona que
lo cuido desde que era un bebé. Lo peor es que sabía que fue su culpa.
Un día en que la ventisca no fue tan dura, salió junto al cadáver de su
abuela y decidió enterrarla en el prado que tantas veces visitaron.
Enobuc pensaba que ya no tenía razones para vivir, ya que su existencia
era vacía sin su abuela. De repente tomó el huevo del prado y decidió
cuidarlo, total no tenía muchas cosas que hacer. Se había dado cuenta
que el cascarón estaba algo sucio, por lo que decide limpiarlo. Estaba
en eso cuando nota que cada vez que lo limpia lo daña. Esto dejaba muy
triste al pequeño, ya que su actuar era con las mejores intenciones,
pero esto no importaba, ya que le hacía daño a la figura ovalada.
Debido a las bajas temperaturas, Enobuc abrigaba el huevo con una manta,
pero cuando hacía eso el huevo se ensuciaba, por lo que el pequeño
tenía que limpiarlo con la consecuencia de sacarle parte del cascaron.
Dejó de lado la manta y se dedico a calentar el huevo con la chimenea,
esa misma que tanto calor les daba a él y a su querida abuela. Una tarde
dejó el huevo a una distancia prudente del fuego, con tal de que no se
quemara. El pequeño huérfano abrió un poco las ventanas para ventilar el
hogar. Con ésto una brisa entró a la casa, moviendo el huevo y
dejándolo sólo a centímetros del juego. El niño corrió rápidamente para
alejarlo. El huevo había quedado con algunas quemaduras.
Enobuc ya no sabía qué hacer. Todo lo que hacía salía mal, además aún no
podía olvidar a su abuela. Sin muchas energías decidió salir al prado
junto con el huevo para dejarlo en el mismo lugar donde lo había
encontrado y también visitar a su abuela y hablar con ella; extrañaba
mucho sus historias. Por desgracia, al rato la ventisca se había puesto
más agresiva que nunca. El pequeño estaba abrigado a más no poder, no
así el huevo, ya que no quería seguir dañándolo.
Había perdido el rumbo, no sabía dónde estaba ni cómo regresar. Lloraba a
mares de pura impotencia, ya no quería más, quería estar con su abuela,
aunque sea sólo abrazar su tumba. Sus lágrimas hicieron que parte de la
nieve que había caído sobre el huevo se derritiera. En ese momento
recordó lo que su ancianita querida le había dicho: "Siempre haz lo que
creas mejor". Enobuc hizo lo que creía mejor. Sabía que tal vez no le
quedaba mucho tiempo de vida por culpa de la tormenta que cada vez se
había más fuerte, así que quiso que sus últimas fuerzas fueran para el
huevo. Lo abrigó y limpio con todo su amor. En ese momento, el cascarón
comenzó a brillar. Un destello de tinte rojo rodeó todo el lugar,
haciendo que la nieve desapareciera por competo. A los segundos, una
hermosa ave envuelta en llamas abrió sus alas liberando un grito que
hizo que hasta el viento más frío se marchara. Al irse todo lo blanco
del sector, Enobuc se percata que todo ese momento estuvo sobre la tumba
de su abuela.
"¿Eres Sertlom?", preguntó Enobuc con una extraña sensación de pena,
miedo y emoción. El ave no respondió nada, sólo le dio un beso en su
frente y voló lejos.
¡Cállense!
miércoles, 19 de febrero de 2014
Danza del hielo
Las personas que son de piel y se alimentan del calor que sólo un abrazo puede proporcionar entenderán lo que diré en este escrito.
Es horrible estar tirado en tu cama, abrazar tu almohada y sentir como el frío se apodera de tu cuerpo. No importa en qué estación del año te encuentres, esa baja temperatura siempre bailará a tu alrededor si es que te sientes apenado, depresivo y/o solo.
El no poder alcanzar la luna que tanto deseas tocar es igual de trágico que sentir el llamado de las dagas. La envidia que corroe tus entrañas se mezcla rápidamente con el dolor, creando así un sentimiento que pocas cosas son capaces de curar.
Buscar alternativas recreativas para sentirte mejor sólo funciona como efecto placebo durante unos momentos, después vuelves a ser el tipo que ve todo tan oscuro como el agujero negro que está en el centro de tu corazón, ese que día a día succiona todo lo que se cruza por su camino.
De todas formas, y pese a los constantes malos pensamientos, sabes que la cura pronto llegará. Tienes esperanza. Tienes en mente que un roce mutuo de espaldas te hará sentir mejor.
Pese a todo, y aunque tus sueños siempre dancen con las pesadillas, ten fe en que mañana es un día más cercano a la eternidad. Nunca dejes de soñar.
Serás feliz.
Es horrible estar tirado en tu cama, abrazar tu almohada y sentir como el frío se apodera de tu cuerpo. No importa en qué estación del año te encuentres, esa baja temperatura siempre bailará a tu alrededor si es que te sientes apenado, depresivo y/o solo.
El no poder alcanzar la luna que tanto deseas tocar es igual de trágico que sentir el llamado de las dagas. La envidia que corroe tus entrañas se mezcla rápidamente con el dolor, creando así un sentimiento que pocas cosas son capaces de curar.
Buscar alternativas recreativas para sentirte mejor sólo funciona como efecto placebo durante unos momentos, después vuelves a ser el tipo que ve todo tan oscuro como el agujero negro que está en el centro de tu corazón, ese que día a día succiona todo lo que se cruza por su camino.
De todas formas, y pese a los constantes malos pensamientos, sabes que la cura pronto llegará. Tienes esperanza. Tienes en mente que un roce mutuo de espaldas te hará sentir mejor.
Pese a todo, y aunque tus sueños siempre dancen con las pesadillas, ten fe en que mañana es un día más cercano a la eternidad. Nunca dejes de soñar.
Serás feliz.
domingo, 20 de octubre de 2013
El prado no tiene final
Iba a escribir algo largo, con palabras lindas que rimaran y que trasmitieran emociones, pero no puedo. Hoy la tienda de la poesía cerró sus puertas en mi cara, así que sólo pude entrar a la del sentimiento.
A la mierda, no tengo palabras. Váyanse a la chucha, estoy seco, y aunque pudiera devolver todas mis lágrimas, aún no me repondría del todo.
La vida es linda si se sabe bailar, pero para bailar se necesitan dos. Si uno camina junto a la luna -y no bajo la luz de ella- por un prado infinito, este pareciera que no tuviera final. Toda mi vida pensaré eso, porque nunca estaré solo, porque sigo caminando, porque seguimos caminando, y el final del prado sólo lo descubriremos nosotros. Tú siempre estarás conmigo, y no como un recuerdo, sino que como una verdad... como mi verdad.
A la mierda, no tengo palabras. Váyanse a la chucha, estoy seco, y aunque pudiera devolver todas mis lágrimas, aún no me repondría del todo.
La vida es linda si se sabe bailar, pero para bailar se necesitan dos. Si uno camina junto a la luna -y no bajo la luz de ella- por un prado infinito, este pareciera que no tuviera final. Toda mi vida pensaré eso, porque nunca estaré solo, porque sigo caminando, porque seguimos caminando, y el final del prado sólo lo descubriremos nosotros. Tú siempre estarás conmigo, y no como un recuerdo, sino que como una verdad... como mi verdad.
martes, 25 de diciembre de 2012
Soñar es vivir
Es increíble las cosas que uno puede pensar antes de dormir, más si uno tiene pena. El tiempo pasa volando, y con éste los recuerdos de cosas que ya viviste e imágenes mentales de actos que tal vez nunca ocurran.
También puede que imagines actos que posiblemente pasen, y siempre tendrán un final feliz. En ese momento no reacciones, porque el cambio de sueño a la realidad duele, aunque no tanto como la verdad en que posiblemente estés metido.
Ahora cierra tus ojos, es fácil; sé que puedes, y trata de pensar en todas tus fantasías, en todos los lugares en que te gustaría estar, y con las personas que te gustaría vivir una historia y prepárate para pasar posiblemente las 8 horas más lindas a la que tu penosa vida puede optar. Que descanses y recuerda que puede vivir de sueños, el problema es despertar.
También puede que imagines actos que posiblemente pasen, y siempre tendrán un final feliz. En ese momento no reacciones, porque el cambio de sueño a la realidad duele, aunque no tanto como la verdad en que posiblemente estés metido.
Ahora cierra tus ojos, es fácil; sé que puedes, y trata de pensar en todas tus fantasías, en todos los lugares en que te gustaría estar, y con las personas que te gustaría vivir una historia y prepárate para pasar posiblemente las 8 horas más lindas a la que tu penosa vida puede optar. Que descanses y recuerda que puede vivir de sueños, el problema es despertar.
jueves, 20 de diciembre de 2012
Ciego ideal
Un molestoso camión de la basura despertó a Jobaronte a eso de las 3 de la tarde, sí, era un tanto dormilón nuestro canino amigo. Se sacudió, se rascó la oreja, y con toda la flojera del mundo fue a pasear por las calles de su pueblito.
Vivía en una villa bastante tranquila, sin grandes boches, más que el de los vehículos que pasaban todo el día. Su nombre, algo extraño, se lo puso su dueño, el cual lo abandonó cuando creció y ya no pudo vivir más en la casa donde alojaba. Desde ese momento que Jobaronte deambulaba siempre bajo la constante mirada del sol para después, en la noche, acostarse en un callejón para admirar la luna y las estrellas, las cuales siempre le daba un beso de buenas noches.
Pasó por la carnicería, uno de los pocos lugares en que era aceptado, ya que el dueño siempre lo consideró lindo, pese a que era un quiltro algo descuidado. El carnicero le dio un poco de carne y empezó a mover su cola mientras comenzaba su ruta diaria. Todo normal hasta ese momento: los autos casi lo atropellaban, las señoras no dejaban que sus hijos lo acariciaran y algún que otro pan encontraba tirado en el suelo, hasta que vio algo raro para él y para su rutina... ¡Una nueva tienda en el pueblo!
Una tienda de juguetes se instaló en un local abandonado, y Jobaronte observaba algo asombrado cómo toneladas y toneladas de juguetes bajaban desde un camión hasta el interior de la juguetería. Al no tener nada más que hacer en el día, el pulgoso animal se acostó en la vereda del frente para ver los detalles finales de la inauguración, pero hubo algo que le llamó la atención. Había un juguete bastante realista de una perrita, la cual se movía si se le apretaba un botón, y Jobaronte de inmediato quedó cautivado. No podía creer lo que sus ojos veían, era algo raro para él, ya que siempre estuvo solo. Con el corazón latiendo, y con su mente algo confundida, se devolvió a su callejón, miró a la luna y pensó en la misteriosa perrita antes de dormir.
Un molestoso camión de la basura despertó a Jobaronte a eso de las 3 de la tarde. Se sacudió, se rascó la oreja y con todas las ganas del mundo corrió para ver a la perrita. Primero pasó por su carne diaria donde el carnicero, para luego correr a la juguetería. Ahí estaba ella: quieta, inerte y con una mirada fija hacia el lugar donde Jobaronte se instaló. Él juraba que la perrita lo veía y su corazón latía tan fuerte que llegaba a camuflar el sonido ambiente de los autos. Ya se hacía de noche, así que dejó un poco de la carne que no se comió en el suelo para que ella comiera y se marchó a su callejón. Ahora no miró a la luna, ya que la imagen de la perrita vivía en él; se estaba enamorando.
Un molestoso camión de la basura pasó cerca de las 3 de la tarde, pero a esa hora Jobaronte ya estaba afuera de la tienda, viendo como la perrita se movía de un lado hacia otro. No fue por su almuerzo diario en la carnicería, ya que no la necesitaba; sólo quería verla a ella. Él estaba contento, ya que pensaba que se movía porque había comido la carne que le dio, siendo que en realidad el dueño de la tienda le apretó el botón para que se moviera. Puso su patita sobre el vidrio que los separaba, esperando que la perrita también hiciera lo mismo, pero no pasó. Estuvo así varias horas, hasta que la luna y las estrellas dijieron presente y tuvo que marchar. Le dio un lengüetazo al vidrio y se marchó para mañana volver y repetir su nueva y hermosa rutina. Antes de dormir vio las estrellas y notó como una brillaba más que las otras. La miró, la miró, hasta que sus ojos dijieron basta y se cerraron. Aun durmiendo soñó con esa estrella y de cómo ésta se comparaba con el amor que sentía por la perrita.
Una fuerte lluvia azotaba la villa de Jobaronte, pero a éste poco le importó eso, ya que, apenas el reloj marcó las 12, él ya estaba caminando para vigilar a su hermosa amada, o al menos eso pensaba. Una madre compró el juguete para regalárselo a su pequeño hijo, por lo que la perrita ya no se encontraba en la tienda. Él pensaba que ella se había ido sólo por un rato y que ya volvería, así que se acostó en frente de la tienda para esperarla, y esperarla... y esperarla.
Pasaron varios meses y la lluvia seguía azotando, ahora no el pueblo, sino que el corazón de Jobaronte. Se percató que no volvería, que jamás volverá a ver a la perrita. La pena lo ahogaba al saber que jamás tuvo y jamás tendrá a su princesa prisionera de una jaula de vidrio. Destrozado por el dolor, le dio el último lengüetazo al vidrio, un lengüetazo con sabor a "hasta siempre". Caminó hasta su callejón, sólo la luna iluminaban su mundo, mundo que ahora era vacío. Se acostó y vio las estrellas detenidamente, hasta que encontró la estrella que brillaba, pero la notaba un poco más opaca. Mientras la veía pensó en todas las cosas que vivió y que imaginó con la perrita, pensamientos que dibujaron una sonrisa en su cara al saber que lo dio todo y que aunque no pudo estar con la ella, nadie lo hará olvidar los momentos hermosos, ya que, aunque su amada nunca fue real, lo que él sintió sí lo fue. La estrella poco a poco dejó de brillar; Jobaratonte poco a poco empezó a cerrar los ojos.
Un molestoso camión de la basura pasó cerca de las 3 de la tarde. Jobaronte no se sacudió ni se rascó la oreja; él estaba acostado, sonriendo y compartiendo una eternidad con la perrita, donde no hay ni día ni noche que los alejara y sin un vidrio que los separara.
Vivía en una villa bastante tranquila, sin grandes boches, más que el de los vehículos que pasaban todo el día. Su nombre, algo extraño, se lo puso su dueño, el cual lo abandonó cuando creció y ya no pudo vivir más en la casa donde alojaba. Desde ese momento que Jobaronte deambulaba siempre bajo la constante mirada del sol para después, en la noche, acostarse en un callejón para admirar la luna y las estrellas, las cuales siempre le daba un beso de buenas noches.
Pasó por la carnicería, uno de los pocos lugares en que era aceptado, ya que el dueño siempre lo consideró lindo, pese a que era un quiltro algo descuidado. El carnicero le dio un poco de carne y empezó a mover su cola mientras comenzaba su ruta diaria. Todo normal hasta ese momento: los autos casi lo atropellaban, las señoras no dejaban que sus hijos lo acariciaran y algún que otro pan encontraba tirado en el suelo, hasta que vio algo raro para él y para su rutina... ¡Una nueva tienda en el pueblo!
Una tienda de juguetes se instaló en un local abandonado, y Jobaronte observaba algo asombrado cómo toneladas y toneladas de juguetes bajaban desde un camión hasta el interior de la juguetería. Al no tener nada más que hacer en el día, el pulgoso animal se acostó en la vereda del frente para ver los detalles finales de la inauguración, pero hubo algo que le llamó la atención. Había un juguete bastante realista de una perrita, la cual se movía si se le apretaba un botón, y Jobaronte de inmediato quedó cautivado. No podía creer lo que sus ojos veían, era algo raro para él, ya que siempre estuvo solo. Con el corazón latiendo, y con su mente algo confundida, se devolvió a su callejón, miró a la luna y pensó en la misteriosa perrita antes de dormir.
Un molestoso camión de la basura despertó a Jobaronte a eso de las 3 de la tarde. Se sacudió, se rascó la oreja y con todas las ganas del mundo corrió para ver a la perrita. Primero pasó por su carne diaria donde el carnicero, para luego correr a la juguetería. Ahí estaba ella: quieta, inerte y con una mirada fija hacia el lugar donde Jobaronte se instaló. Él juraba que la perrita lo veía y su corazón latía tan fuerte que llegaba a camuflar el sonido ambiente de los autos. Ya se hacía de noche, así que dejó un poco de la carne que no se comió en el suelo para que ella comiera y se marchó a su callejón. Ahora no miró a la luna, ya que la imagen de la perrita vivía en él; se estaba enamorando.
Un molestoso camión de la basura pasó cerca de las 3 de la tarde, pero a esa hora Jobaronte ya estaba afuera de la tienda, viendo como la perrita se movía de un lado hacia otro. No fue por su almuerzo diario en la carnicería, ya que no la necesitaba; sólo quería verla a ella. Él estaba contento, ya que pensaba que se movía porque había comido la carne que le dio, siendo que en realidad el dueño de la tienda le apretó el botón para que se moviera. Puso su patita sobre el vidrio que los separaba, esperando que la perrita también hiciera lo mismo, pero no pasó. Estuvo así varias horas, hasta que la luna y las estrellas dijieron presente y tuvo que marchar. Le dio un lengüetazo al vidrio y se marchó para mañana volver y repetir su nueva y hermosa rutina. Antes de dormir vio las estrellas y notó como una brillaba más que las otras. La miró, la miró, hasta que sus ojos dijieron basta y se cerraron. Aun durmiendo soñó con esa estrella y de cómo ésta se comparaba con el amor que sentía por la perrita.
Una fuerte lluvia azotaba la villa de Jobaronte, pero a éste poco le importó eso, ya que, apenas el reloj marcó las 12, él ya estaba caminando para vigilar a su hermosa amada, o al menos eso pensaba. Una madre compró el juguete para regalárselo a su pequeño hijo, por lo que la perrita ya no se encontraba en la tienda. Él pensaba que ella se había ido sólo por un rato y que ya volvería, así que se acostó en frente de la tienda para esperarla, y esperarla... y esperarla.
Pasaron varios meses y la lluvia seguía azotando, ahora no el pueblo, sino que el corazón de Jobaronte. Se percató que no volvería, que jamás volverá a ver a la perrita. La pena lo ahogaba al saber que jamás tuvo y jamás tendrá a su princesa prisionera de una jaula de vidrio. Destrozado por el dolor, le dio el último lengüetazo al vidrio, un lengüetazo con sabor a "hasta siempre". Caminó hasta su callejón, sólo la luna iluminaban su mundo, mundo que ahora era vacío. Se acostó y vio las estrellas detenidamente, hasta que encontró la estrella que brillaba, pero la notaba un poco más opaca. Mientras la veía pensó en todas las cosas que vivió y que imaginó con la perrita, pensamientos que dibujaron una sonrisa en su cara al saber que lo dio todo y que aunque no pudo estar con la ella, nadie lo hará olvidar los momentos hermosos, ya que, aunque su amada nunca fue real, lo que él sintió sí lo fue. La estrella poco a poco dejó de brillar; Jobaratonte poco a poco empezó a cerrar los ojos.
Un molestoso camión de la basura pasó cerca de las 3 de la tarde. Jobaronte no se sacudió ni se rascó la oreja; él estaba acostado, sonriendo y compartiendo una eternidad con la perrita, donde no hay ni día ni noche que los alejara y sin un vidrio que los separara.
viernes, 23 de noviembre de 2012
Vida, destino
La amargura de la luz de la luna no es nada en comparación a los recuerdos que vuelven a mi mente cuando ésta desea descansar, tal boomerang que golpea mi pecho con su vuelo.
Uno forja solo su destino, y a falta de tinta, buena es su propia sangre. No hay que echarle la culpa al ambiente por su tragedia; uno mismo es quién escribe su propio final.
Maldita mañana de verano que me hiciste caer más allá de lo que cualquier mortal ha caído. Pronto compraré una escalera para subir. Lamentablemente, no hay tienda que le abra a un errante como yo.
Uno forja solo su destino, y a falta de tinta, buena es su propia sangre. No hay que echarle la culpa al ambiente por su tragedia; uno mismo es quién escribe su propio final.
Maldita mañana de verano que me hiciste caer más allá de lo que cualquier mortal ha caído. Pronto compraré una escalera para subir. Lamentablemente, no hay tienda que le abra a un errante como yo.
martes, 2 de octubre de 2012
Un fin sin comienzo
No es fácil saber que uno sobra en una historia, ni tampoco es fácil saber que uno cada día quema partes de su propia semblanza.
La valentía siempre tiene un toque de estupidez, esa que nos hace dar la vida sin recibir algo a cambio. Algo realmente lindo, de lo cual uno nunca se debe avergonzar; ni hoy, ni mañana serán el caso.
Los lobos aulladores deben saber que por más que le lloren a la luna, esta preferirá estar junto a los exploradores que dieron ese gran paso para poder estar en ella, y bueno ¿Qué posibilidad tiene un lobo cariacontecido ante ellos? ninguna; seamos realistas.
Sé que nunca seré ese por qué la luna salga todas las noches con aquel brillo que hace que el futuro más incierto sea el presente más despejado. Sé que nunca sentiré ese fulgor que sólo ella es capaz de dar a los venturosos fulleros. Sé que nunca estaré envuelto en aquella melodía mágica... sé que nunca seré nada, pero no me importa, porque sé que mis aullidos son responsables de que ella, la que rocía mi vida con su atrayente luz, siga brillando, aunque sólo sean granitos de arena en una montaña.
Realmente da igual. No quiero... no puedo dejar de admirar esa luna. ¿Para qué ver estrellas carentes de destello si puedo ver un astro tan hermoso? Ni aunque recorra todos los jardines del mundo, todos los mares y todas las memorias ya desechas, no encontraré algo como esto en el futuro.
No sé si ésto será bueno o será malo, sólo sé que ésto me hace sentir vivo... me hace sentir como yo aprendí a vivir y como yo colgaré mis botas.
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