Un molestoso camión de la basura despertó a Jobaronte a eso de las 3 de la tarde, sí, era un tanto dormilón nuestro canino amigo. Se sacudió, se rascó la oreja, y con toda la flojera del mundo fue a pasear por las calles de su pueblito.
Vivía en una villa bastante tranquila, sin grandes boches, más que el de los vehículos que pasaban todo el día. Su nombre, algo extraño, se lo puso su dueño, el cual lo abandonó cuando creció y ya no pudo vivir más en la casa donde alojaba. Desde ese momento que Jobaronte deambulaba siempre bajo la constante mirada del sol para después, en la noche, acostarse en un callejón para admirar la luna y las estrellas, las cuales siempre le daba un beso de buenas noches.
Pasó por la carnicería, uno de los pocos lugares en que era aceptado, ya que el dueño siempre lo consideró lindo, pese a que era un quiltro algo descuidado. El carnicero le dio un poco de carne y empezó a mover su cola mientras comenzaba su ruta diaria. Todo normal hasta ese momento: los autos casi lo atropellaban, las señoras no dejaban que sus hijos lo acariciaran y algún que otro pan encontraba tirado en el suelo, hasta que vio algo raro para él y para su rutina... ¡Una nueva tienda en el pueblo!
Una tienda de juguetes se instaló en un local abandonado, y Jobaronte observaba algo asombrado cómo toneladas y toneladas de juguetes bajaban desde un camión hasta el interior de la juguetería. Al no tener nada más que hacer en el día, el pulgoso animal se acostó en la vereda del frente para ver los detalles finales de la inauguración, pero hubo algo que le llamó la atención. Había un juguete bastante realista de una perrita, la cual se movía si se le apretaba un botón, y Jobaronte de inmediato quedó cautivado. No podía creer lo que sus ojos veían, era algo raro para él, ya que siempre estuvo solo. Con el corazón latiendo, y con su mente algo confundida, se devolvió a su callejón, miró a la luna y pensó en la misteriosa perrita antes de dormir.
Un molestoso camión de la basura despertó a Jobaronte a eso de las 3 de la tarde. Se sacudió, se rascó la oreja y con todas las ganas del mundo corrió para ver a la perrita. Primero pasó por su carne diaria donde el carnicero, para luego correr a la juguetería. Ahí estaba ella: quieta, inerte y con una mirada fija hacia el lugar donde Jobaronte se instaló. Él juraba que la perrita lo veía y su corazón latía tan fuerte que llegaba a camuflar el sonido ambiente de los autos. Ya se hacía de noche, así que dejó un poco de la carne que no se comió en el suelo para que ella comiera y se marchó a su callejón. Ahora no miró a la luna, ya que la imagen de la perrita vivía en él; se estaba enamorando.
Un molestoso camión de la basura pasó cerca de las 3 de la tarde, pero a esa hora Jobaronte ya estaba afuera de la tienda, viendo como la perrita se movía de un lado hacia otro. No fue por su almuerzo diario en la carnicería, ya que no la necesitaba; sólo quería verla a ella. Él estaba contento, ya que pensaba que se movía porque había comido la carne que le dio, siendo que en realidad el dueño de la tienda le apretó el botón para que se moviera. Puso su patita sobre el vidrio que los separaba, esperando que la perrita también hiciera lo mismo, pero no pasó. Estuvo así varias horas, hasta que la luna y las estrellas dijieron presente y tuvo que marchar. Le dio un lengüetazo al vidrio y se marchó para mañana volver y repetir su nueva y hermosa rutina. Antes de dormir vio las estrellas y notó como una brillaba más que las otras. La miró, la miró, hasta que sus ojos dijieron basta y se cerraron. Aun durmiendo soñó con esa estrella y de cómo ésta se comparaba con el amor que sentía por la perrita.
Una fuerte lluvia azotaba la villa de Jobaronte, pero a éste poco le importó eso, ya que, apenas el reloj marcó las 12, él ya estaba caminando para vigilar a su hermosa amada, o al menos eso pensaba. Una madre compró el juguete para regalárselo a su pequeño hijo, por lo que la perrita ya no se encontraba en la tienda. Él pensaba que ella se había ido sólo por un rato y que ya volvería, así que se acostó en frente de la tienda para esperarla, y esperarla... y esperarla.
Pasaron varios meses y la lluvia seguía azotando, ahora no el pueblo, sino que el corazón de Jobaronte. Se percató que no volvería, que jamás volverá a ver a la perrita. La pena lo ahogaba al saber que jamás tuvo y jamás tendrá a su princesa prisionera de una jaula de vidrio. Destrozado por el dolor, le dio el último lengüetazo al vidrio, un lengüetazo con sabor a "hasta siempre". Caminó hasta su callejón, sólo la luna iluminaban su mundo, mundo que ahora era vacío. Se acostó y vio las estrellas detenidamente, hasta que encontró la estrella que brillaba, pero la notaba un poco más opaca. Mientras la veía pensó en todas las cosas que vivió y que imaginó con la perrita, pensamientos que dibujaron una sonrisa en su cara al saber que lo dio todo y que aunque no pudo estar con la ella, nadie lo hará olvidar los momentos hermosos, ya que, aunque su amada nunca fue real, lo que él sintió sí lo fue. La estrella poco a poco dejó de brillar; Jobaratonte poco a poco empezó a cerrar los ojos.
Un molestoso camión de la basura pasó cerca de las 3 de la tarde. Jobaronte no se sacudió ni se rascó la oreja; él estaba acostado, sonriendo y compartiendo una eternidad con la perrita, donde no hay ni día ni noche que los alejara y sin un vidrio que los separara.
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