miércoles, 19 de febrero de 2014

El amor de Sertlom

Una horrible ventisca azotaba un pequeño pueblo ubicado en un lugar que espero conocer pronto. Lo que antes era tan verde y radiante como los ojos de una niñita enamorada es ahora blanco y frío por culpa de la nieve. Pese al hielo que congelaba desde el árbol más viejo hasta la flor más diminuta, se podía sentir el candor de su naturaleza. Ese candor lo percibía perfectamente Enobuc, un pequeño muchacho de 10 años que perdió a sus padres cuando tenía tan sólo 2 años y que vivía con su abuela en una cabaña en el sur de aquella zona.

Abrigados sólo con una chimenea a leña y con su mutuo amor, Enobuc y su abuela sobrevivían al mal tiempo. Todos los días comían juntos. La anciana nunca le preparaba algo que no tuviera huevos; les encantaban al niño. Les gustaba pasar el tiempo paseando por los prados, pero como el clima no los acompañaba se dedicaban a estar en su hogar y contar historias. La abuela siempre guardaba los mejores relatos para la noche, ya que al pequeño niño le encantaba dormir escuchando la voz de la señora mayor y sentir sus clásicos besos de buenas noches en la frente.

Pasaban los días y el frío no se iba. Ya aburrido de estar encerrado en su casa, Enobuc decidió salir para pasear por los prados sin decirle a nadie. El ver todo congelado no lo puso triste, al contrario, se mostraba alegre porque pensaba que pese al mal tiempo algunos árboles seguían vivos. Él lo interpretaba como que nunca hay que rendirse. Esa frase el muchacho la tenía grabada en su cabeza, dado que su abuela siempre se lo decía.

Cuando el pequeño regresó a casa, su abuela lo castigó de inmediato. Ella se encontraba asustada porque pensaba que él había desaparecido en medio de la tormenta. "No te imaginas el miedo que sentía. No sabía dónde estabas, pensaba que no volverías nunca. ¿Acaso no piensas en ti mismo? ¿Acaso no piensas en mí y en el temor que tengo de perder lo más importante que me queda en la vida?", exclamaba la anciana con las pocas fuerzas que le quedaban. Enobuc le pidió perdón mientras ambos lloraban a mares. Pese al castigo, la señora no se negaba a contarle una de sus historias al niño antes de dormir ni menos al beso en la frente.

Al día siguiente, después de almorzar, Enobuc percató que su abuela estaba durmiendo, por lo que decidió escaparse, ir a pasear un rato y regresar antes de que se ella enterara. Sigilosamente se escapa por la puerta y comenzó su caminata. Recorrió los prados, alimentó con pan a las criaturas que veía y le sacó la nieve a las plantas que encontraba. Mientras paseaba se da cuenta que hay un huevo escondido en el agujero de un árbol. Tenía miedo de que aquel cuerpo ovalado se congelara, por lo que decidió llevárselo.

Todo ocurría tranquilamente como el pequeño huérfano esperaba, hasta que se dio cuenta que la ventisca era cada vez más fuerte. La nieve no lo dejaba ver, por lo que se dio cuenta que no le sería fácil regresar a casa. El miedo y la angustia se apoderaban de su pequeño cuerpo. Tenía pánico porque pensaba que no volvería jamás a ver a su abuela, también pena porque tenía claro que esto fue su culpa. Una fuerte corriente de viento lo tiró al piso y debido a sus pocas fuerzas no pudo pararse. Sus pequeños ojos se cerraban poco a poco, hasta que de reojo vio un destello de tinte rojo. Al no poder más, Enobuc cerró por completo sus ojos.

Ya era de noche cuando Enobuc despertó de golpe en su cama. No sabía qué había pasado, tampoco cómo ni cuándo había regresado a su casa. Su abuela entró a su habitación demostrando en su mirar una mezcla de decepción y tristeza, además de un notorio malestar físico. La anciana le contó que ella fue quien lo rescató de lo que de seguro hubiera sido una tragedia. "Debido a las pocas fuerzas que me quedan sólo te contaré la historia de cada noche y después me iré a descansar" dijo la abuela mientras Enobuc no aguantaba más de la pena que sentía, ya que sabía que por su culpa ella estaba así.

La abuela le contó una historia fantástica sobre un ave gigantesca llamada Sertlom. "La leyenda cuenta que sus plumas eran de un tipo de fuego que el hombre jamás llegaría dominar. Duerme solitariamente en una montaña que está cerca de acá. Cada año pone un huevo, cuando esto pasa Sertlom muere, pero su espíritu se mantiene en el cascarón. Algunos dicen que esta ave representa amor y valor" decía ella con las pocas fuerzas que le quedaban. Una vez dicho el cuento, la anciana le dio un beso en la frente a Enobuc y le dijo: "Siempre serás mi nieto querido. Pese a lo porfiado que saliste eres lo mejor que me pudo pasar. Gracias por dejar que te cuidara todos estos años. No te sientas mal por lo que pasó, en parte me deja feliz porque me demuestra que siempre das todo por lo que te gusta. Nunca cambies. Siempre haz lo que creas mejor. Buenas noches. Te amo y siempre lo haré". Al otro día, el muchacho encuentra a su abuela muerta en el living. Junto a ella se encontraba el huevo que había encontrado en el árbol.

En su corta vida Enobuc había sentido tal tristeza. Él era muy pequeño para haber llorado a sus padres, pero ahora vio morir a la persona que lo cuido desde que era un bebé. Lo peor es que sabía que fue su culpa. Un día en que la ventisca no fue tan dura, salió junto al cadáver de su abuela y decidió enterrarla en el prado que tantas veces visitaron.

Enobuc pensaba que ya no tenía razones para vivir, ya que su existencia era vacía sin su abuela. De repente tomó el huevo del prado y decidió cuidarlo, total no tenía muchas cosas que hacer. Se había dado cuenta que el cascarón estaba algo sucio, por lo que decide limpiarlo. Estaba en eso cuando nota que cada vez que lo limpia lo daña. Esto dejaba muy triste al pequeño, ya que su actuar era con las mejores intenciones, pero esto no importaba, ya que le hacía daño a la figura ovalada.

Debido a las bajas temperaturas, Enobuc abrigaba el huevo con una manta, pero cuando hacía eso el huevo se ensuciaba, por lo que el pequeño tenía que limpiarlo con la consecuencia de sacarle parte del cascaron. Dejó de lado la manta y se dedico a calentar el huevo con la chimenea, esa misma que tanto calor les daba a él y a su querida abuela. Una tarde dejó el huevo a una distancia prudente del fuego, con tal de que no se quemara. El pequeño huérfano abrió un poco las ventanas para ventilar el hogar. Con ésto una brisa entró a la casa, moviendo el huevo y dejándolo sólo a centímetros del juego. El niño corrió rápidamente para alejarlo. El huevo había quedado con algunas quemaduras.

Enobuc ya no sabía qué hacer. Todo lo que hacía salía mal, además aún no podía olvidar a su abuela. Sin muchas energías decidió salir al prado junto con el huevo para dejarlo en el mismo lugar donde lo había encontrado y también visitar a su abuela y hablar con ella; extrañaba mucho sus historias. Por desgracia, al rato la ventisca se había puesto más agresiva que nunca. El pequeño estaba abrigado a más no poder, no así el huevo, ya que no quería seguir dañándolo.

Había perdido el rumbo, no sabía dónde estaba ni cómo regresar. Lloraba a mares de pura impotencia, ya no quería más, quería estar con su abuela, aunque sea sólo abrazar su tumba. Sus lágrimas hicieron que parte de la nieve que había caído sobre el huevo se derritiera. En ese momento recordó lo que su ancianita querida le había dicho: "Siempre haz lo que creas mejor". Enobuc hizo lo que creía mejor. Sabía que tal vez no le quedaba mucho tiempo de vida por culpa de la tormenta que cada vez se había más fuerte, así que quiso que sus últimas fuerzas fueran para el huevo. Lo abrigó y limpio con todo su amor. En ese momento, el cascarón comenzó a brillar. Un destello de tinte rojo rodeó todo el lugar, haciendo que la nieve desapareciera por competo. A los segundos, una hermosa ave envuelta en llamas abrió sus alas liberando un grito que hizo que hasta el viento más frío se marchara. Al irse todo lo blanco del sector, Enobuc se percata que todo ese momento estuvo sobre la tumba de su abuela.

"¿Eres Sertlom?", preguntó Enobuc con una extraña sensación de pena, miedo y emoción. El ave no respondió nada, sólo le dio un beso en su frente y voló lejos.

Danza del hielo

Las personas que son de piel y se alimentan del calor que sólo un abrazo puede proporcionar entenderán lo que diré en este escrito.

Es horrible estar tirado en tu cama, abrazar tu almohada y sentir como el frío se apodera de tu cuerpo. No importa en qué estación del año te encuentres, esa baja temperatura siempre bailará a tu alrededor si es que te sientes apenado, depresivo y/o solo.

El no poder alcanzar la luna que tanto deseas tocar es igual de trágico que sentir el llamado de las dagas. La envidia que corroe tus entrañas se mezcla rápidamente con el dolor, creando así un sentimiento que pocas cosas son capaces de curar.

Buscar alternativas recreativas para sentirte mejor sólo funciona como efecto placebo durante unos momentos, después vuelves a ser el tipo que ve todo tan oscuro como el agujero negro que está en el centro de tu corazón, ese que día a día succiona todo lo que se cruza por su camino.


De todas formas, y pese a los constantes malos pensamientos, sabes que la cura pronto llegará. Tienes esperanza. Tienes en mente que un roce mutuo de espaldas te hará sentir mejor.

Pese a todo, y aunque tus sueños siempre dancen con las pesadillas, ten fe en que mañana es un día más cercano a la eternidad. Nunca dejes de soñar.

Serás feliz.