Una horrible ventisca azotaba un pequeño pueblo ubicado en un lugar que
espero conocer pronto. Lo que antes era tan verde y radiante como los
ojos de una niñita enamorada es ahora blanco y frío por culpa de la
nieve. Pese al hielo que congelaba desde el árbol más viejo hasta la
flor más diminuta, se podía sentir el candor de su naturaleza. Ese
candor lo percibía perfectamente Enobuc, un pequeño muchacho de 10 años
que perdió a sus padres cuando tenía tan sólo 2 años y que vivía con su
abuela en una cabaña en el sur de aquella zona.
Abrigados sólo con una chimenea a leña y con su mutuo amor, Enobuc y su
abuela sobrevivían al mal tiempo. Todos los días comían juntos. La
anciana nunca le preparaba algo que no tuviera huevos; les encantaban al
niño. Les gustaba pasar el tiempo paseando por los prados, pero como el
clima no los acompañaba se dedicaban a estar en su hogar y contar
historias. La abuela siempre guardaba los mejores relatos para la noche,
ya que al pequeño niño le encantaba dormir escuchando la voz de la
señora mayor y sentir sus clásicos besos de buenas noches en la frente.
Pasaban los días y el frío no se iba. Ya aburrido de estar encerrado en su casa,
Enobuc decidió salir para pasear por los prados sin decirle a nadie. El ver todo
congelado no lo puso triste, al contrario, se mostraba alegre porque
pensaba que pese al mal tiempo algunos árboles seguían vivos. Él lo
interpretaba como que nunca hay que rendirse. Esa frase el muchacho la
tenía grabada en su cabeza, dado que su abuela siempre se lo decía.
Cuando el pequeño regresó a casa, su abuela lo castigó de inmediato.
Ella se encontraba asustada porque pensaba que él había desaparecido en
medio de la tormenta. "No te imaginas el miedo que sentía. No sabía
dónde estabas, pensaba que no volverías nunca. ¿Acaso no piensas en ti
mismo? ¿Acaso no piensas en mí y en el temor que tengo de perder lo más
importante que me queda en la vida?", exclamaba la anciana con las pocas
fuerzas que le quedaban. Enobuc le pidió perdón mientras ambos lloraban
a mares. Pese al castigo, la señora no se negaba a contarle una de sus
historias al niño antes de dormir ni menos al beso en la frente.
Al día siguiente, después de almorzar, Enobuc percató que su abuela
estaba durmiendo, por lo que decidió escaparse, ir a pasear un rato y
regresar antes de que se ella enterara. Sigilosamente se escapa por la
puerta y comenzó su caminata. Recorrió los prados, alimentó con pan a
las criaturas que veía y le sacó la nieve a las plantas que encontraba.
Mientras paseaba se da cuenta que hay un huevo escondido en el agujero
de un árbol. Tenía miedo de que aquel cuerpo ovalado se congelara, por
lo que decidió llevárselo.
Todo ocurría tranquilamente como el pequeño huérfano esperaba, hasta
que se dio cuenta que la ventisca era cada vez más fuerte. La nieve no
lo dejaba ver, por lo que se dio cuenta que no le sería fácil regresar a
casa. El miedo y la angustia se apoderaban de su pequeño cuerpo. Tenía
pánico porque pensaba que no volvería jamás a ver a su abuela, también
pena porque tenía claro que esto fue su culpa. Una fuerte corriente de
viento lo tiró al piso y debido a sus pocas fuerzas no pudo pararse. Sus
pequeños ojos se cerraban poco a poco, hasta que de reojo vio un
destello de tinte rojo. Al no poder más, Enobuc cerró por completo sus
ojos.
Ya era de noche cuando Enobuc despertó de golpe en su cama. No sabía qué
había pasado, tampoco cómo ni cuándo había regresado a su casa. Su
abuela entró a su habitación demostrando en su mirar una mezcla de
decepción y tristeza, además de un notorio malestar físico. La anciana
le contó que ella fue quien lo rescató de lo que de seguro hubiera sido
una tragedia. "Debido a las pocas fuerzas que me quedan sólo te contaré
la historia de cada noche y después me iré a descansar" dijo la abuela
mientras Enobuc no aguantaba más de la pena que sentía, ya que sabía que
por su culpa ella estaba así.
La abuela le contó una historia fantástica sobre un ave gigantesca
llamada Sertlom. "La leyenda cuenta que sus plumas eran de un tipo de
fuego que el hombre jamás llegaría dominar. Duerme solitariamente en una
montaña que está cerca de acá. Cada año pone un huevo, cuando esto pasa
Sertlom muere, pero su espíritu se mantiene en el cascarón. Algunos
dicen que esta ave representa amor y valor" decía ella con las pocas
fuerzas que le quedaban. Una vez dicho el cuento, la anciana le dio un
beso en la frente a Enobuc y le dijo: "Siempre serás mi nieto querido.
Pese a lo porfiado que saliste eres lo mejor que me pudo pasar. Gracias
por dejar que te cuidara todos estos años. No te sientas mal por lo que
pasó, en parte me deja feliz porque me demuestra que siempre das todo
por lo que te gusta. Nunca cambies. Siempre haz lo que creas mejor.
Buenas noches. Te amo y siempre lo haré". Al otro día, el muchacho
encuentra a su abuela muerta en el living. Junto a ella se encontraba el
huevo que había encontrado en el árbol.
En su corta vida Enobuc había sentido tal tristeza. Él era muy pequeño
para haber llorado a sus padres, pero ahora vio morir a la persona que
lo cuido desde que era un bebé. Lo peor es que sabía que fue su culpa.
Un día en que la ventisca no fue tan dura, salió junto al cadáver de su
abuela y decidió enterrarla en el prado que tantas veces visitaron.
Enobuc pensaba que ya no tenía razones para vivir, ya que su existencia
era vacía sin su abuela. De repente tomó el huevo del prado y decidió
cuidarlo, total no tenía muchas cosas que hacer. Se había dado cuenta
que el cascarón estaba algo sucio, por lo que decide limpiarlo. Estaba
en eso cuando nota que cada vez que lo limpia lo daña. Esto dejaba muy
triste al pequeño, ya que su actuar era con las mejores intenciones,
pero esto no importaba, ya que le hacía daño a la figura ovalada.
Debido a las bajas temperaturas, Enobuc abrigaba el huevo con una manta,
pero cuando hacía eso el huevo se ensuciaba, por lo que el pequeño
tenía que limpiarlo con la consecuencia de sacarle parte del cascaron.
Dejó de lado la manta y se dedico a calentar el huevo con la chimenea,
esa misma que tanto calor les daba a él y a su querida abuela. Una tarde
dejó el huevo a una distancia prudente del fuego, con tal de que no se
quemara. El pequeño huérfano abrió un poco las ventanas para ventilar el
hogar. Con ésto una brisa entró a la casa, moviendo el huevo y
dejándolo sólo a centímetros del juego. El niño corrió rápidamente para
alejarlo. El huevo había quedado con algunas quemaduras.
Enobuc ya no sabía qué hacer. Todo lo que hacía salía mal, además aún no
podía olvidar a su abuela. Sin muchas energías decidió salir al prado
junto con el huevo para dejarlo en el mismo lugar donde lo había
encontrado y también visitar a su abuela y hablar con ella; extrañaba
mucho sus historias. Por desgracia, al rato la ventisca se había puesto
más agresiva que nunca. El pequeño estaba abrigado a más no poder, no
así el huevo, ya que no quería seguir dañándolo.
Había perdido el rumbo, no sabía dónde estaba ni cómo regresar. Lloraba a
mares de pura impotencia, ya no quería más, quería estar con su abuela,
aunque sea sólo abrazar su tumba. Sus lágrimas hicieron que parte de la
nieve que había caído sobre el huevo se derritiera. En ese momento
recordó lo que su ancianita querida le había dicho: "Siempre haz lo que
creas mejor". Enobuc hizo lo que creía mejor. Sabía que tal vez no le
quedaba mucho tiempo de vida por culpa de la tormenta que cada vez se
había más fuerte, así que quiso que sus últimas fuerzas fueran para el
huevo. Lo abrigó y limpio con todo su amor. En ese momento, el cascarón
comenzó a brillar. Un destello de tinte rojo rodeó todo el lugar,
haciendo que la nieve desapareciera por competo. A los segundos, una
hermosa ave envuelta en llamas abrió sus alas liberando un grito que
hizo que hasta el viento más frío se marchara. Al irse todo lo blanco
del sector, Enobuc se percata que todo ese momento estuvo sobre la tumba
de su abuela.
"¿Eres Sertlom?", preguntó Enobuc con una extraña sensación de pena,
miedo y emoción. El ave no respondió nada, sólo le dio un beso en su
frente y voló lejos.
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