Es increíble las cosas que uno puede pensar antes de dormir, más si uno tiene pena. El tiempo pasa volando, y con éste los recuerdos de cosas que ya viviste e imágenes mentales de actos que tal vez nunca ocurran.
También puede que imagines actos que posiblemente pasen, y siempre tendrán un final feliz. En ese momento no reacciones, porque el cambio de sueño a la realidad duele, aunque no tanto como la verdad en que posiblemente estés metido.
Ahora cierra tus ojos, es fácil; sé que puedes, y trata de pensar en todas tus fantasías, en todos los lugares en que te gustaría estar, y con las personas que te gustaría vivir una historia y prepárate para pasar posiblemente las 8 horas más lindas a la que tu penosa vida puede optar. Que descanses y recuerda que puede vivir de sueños, el problema es despertar.
martes, 25 de diciembre de 2012
jueves, 20 de diciembre de 2012
Ciego ideal
Un molestoso camión de la basura despertó a Jobaronte a eso de las 3 de la tarde, sí, era un tanto dormilón nuestro canino amigo. Se sacudió, se rascó la oreja, y con toda la flojera del mundo fue a pasear por las calles de su pueblito.
Vivía en una villa bastante tranquila, sin grandes boches, más que el de los vehículos que pasaban todo el día. Su nombre, algo extraño, se lo puso su dueño, el cual lo abandonó cuando creció y ya no pudo vivir más en la casa donde alojaba. Desde ese momento que Jobaronte deambulaba siempre bajo la constante mirada del sol para después, en la noche, acostarse en un callejón para admirar la luna y las estrellas, las cuales siempre le daba un beso de buenas noches.
Pasó por la carnicería, uno de los pocos lugares en que era aceptado, ya que el dueño siempre lo consideró lindo, pese a que era un quiltro algo descuidado. El carnicero le dio un poco de carne y empezó a mover su cola mientras comenzaba su ruta diaria. Todo normal hasta ese momento: los autos casi lo atropellaban, las señoras no dejaban que sus hijos lo acariciaran y algún que otro pan encontraba tirado en el suelo, hasta que vio algo raro para él y para su rutina... ¡Una nueva tienda en el pueblo!
Una tienda de juguetes se instaló en un local abandonado, y Jobaronte observaba algo asombrado cómo toneladas y toneladas de juguetes bajaban desde un camión hasta el interior de la juguetería. Al no tener nada más que hacer en el día, el pulgoso animal se acostó en la vereda del frente para ver los detalles finales de la inauguración, pero hubo algo que le llamó la atención. Había un juguete bastante realista de una perrita, la cual se movía si se le apretaba un botón, y Jobaronte de inmediato quedó cautivado. No podía creer lo que sus ojos veían, era algo raro para él, ya que siempre estuvo solo. Con el corazón latiendo, y con su mente algo confundida, se devolvió a su callejón, miró a la luna y pensó en la misteriosa perrita antes de dormir.
Un molestoso camión de la basura despertó a Jobaronte a eso de las 3 de la tarde. Se sacudió, se rascó la oreja y con todas las ganas del mundo corrió para ver a la perrita. Primero pasó por su carne diaria donde el carnicero, para luego correr a la juguetería. Ahí estaba ella: quieta, inerte y con una mirada fija hacia el lugar donde Jobaronte se instaló. Él juraba que la perrita lo veía y su corazón latía tan fuerte que llegaba a camuflar el sonido ambiente de los autos. Ya se hacía de noche, así que dejó un poco de la carne que no se comió en el suelo para que ella comiera y se marchó a su callejón. Ahora no miró a la luna, ya que la imagen de la perrita vivía en él; se estaba enamorando.
Un molestoso camión de la basura pasó cerca de las 3 de la tarde, pero a esa hora Jobaronte ya estaba afuera de la tienda, viendo como la perrita se movía de un lado hacia otro. No fue por su almuerzo diario en la carnicería, ya que no la necesitaba; sólo quería verla a ella. Él estaba contento, ya que pensaba que se movía porque había comido la carne que le dio, siendo que en realidad el dueño de la tienda le apretó el botón para que se moviera. Puso su patita sobre el vidrio que los separaba, esperando que la perrita también hiciera lo mismo, pero no pasó. Estuvo así varias horas, hasta que la luna y las estrellas dijieron presente y tuvo que marchar. Le dio un lengüetazo al vidrio y se marchó para mañana volver y repetir su nueva y hermosa rutina. Antes de dormir vio las estrellas y notó como una brillaba más que las otras. La miró, la miró, hasta que sus ojos dijieron basta y se cerraron. Aun durmiendo soñó con esa estrella y de cómo ésta se comparaba con el amor que sentía por la perrita.
Una fuerte lluvia azotaba la villa de Jobaronte, pero a éste poco le importó eso, ya que, apenas el reloj marcó las 12, él ya estaba caminando para vigilar a su hermosa amada, o al menos eso pensaba. Una madre compró el juguete para regalárselo a su pequeño hijo, por lo que la perrita ya no se encontraba en la tienda. Él pensaba que ella se había ido sólo por un rato y que ya volvería, así que se acostó en frente de la tienda para esperarla, y esperarla... y esperarla.
Pasaron varios meses y la lluvia seguía azotando, ahora no el pueblo, sino que el corazón de Jobaronte. Se percató que no volvería, que jamás volverá a ver a la perrita. La pena lo ahogaba al saber que jamás tuvo y jamás tendrá a su princesa prisionera de una jaula de vidrio. Destrozado por el dolor, le dio el último lengüetazo al vidrio, un lengüetazo con sabor a "hasta siempre". Caminó hasta su callejón, sólo la luna iluminaban su mundo, mundo que ahora era vacío. Se acostó y vio las estrellas detenidamente, hasta que encontró la estrella que brillaba, pero la notaba un poco más opaca. Mientras la veía pensó en todas las cosas que vivió y que imaginó con la perrita, pensamientos que dibujaron una sonrisa en su cara al saber que lo dio todo y que aunque no pudo estar con la ella, nadie lo hará olvidar los momentos hermosos, ya que, aunque su amada nunca fue real, lo que él sintió sí lo fue. La estrella poco a poco dejó de brillar; Jobaratonte poco a poco empezó a cerrar los ojos.
Un molestoso camión de la basura pasó cerca de las 3 de la tarde. Jobaronte no se sacudió ni se rascó la oreja; él estaba acostado, sonriendo y compartiendo una eternidad con la perrita, donde no hay ni día ni noche que los alejara y sin un vidrio que los separara.
Vivía en una villa bastante tranquila, sin grandes boches, más que el de los vehículos que pasaban todo el día. Su nombre, algo extraño, se lo puso su dueño, el cual lo abandonó cuando creció y ya no pudo vivir más en la casa donde alojaba. Desde ese momento que Jobaronte deambulaba siempre bajo la constante mirada del sol para después, en la noche, acostarse en un callejón para admirar la luna y las estrellas, las cuales siempre le daba un beso de buenas noches.
Pasó por la carnicería, uno de los pocos lugares en que era aceptado, ya que el dueño siempre lo consideró lindo, pese a que era un quiltro algo descuidado. El carnicero le dio un poco de carne y empezó a mover su cola mientras comenzaba su ruta diaria. Todo normal hasta ese momento: los autos casi lo atropellaban, las señoras no dejaban que sus hijos lo acariciaran y algún que otro pan encontraba tirado en el suelo, hasta que vio algo raro para él y para su rutina... ¡Una nueva tienda en el pueblo!
Una tienda de juguetes se instaló en un local abandonado, y Jobaronte observaba algo asombrado cómo toneladas y toneladas de juguetes bajaban desde un camión hasta el interior de la juguetería. Al no tener nada más que hacer en el día, el pulgoso animal se acostó en la vereda del frente para ver los detalles finales de la inauguración, pero hubo algo que le llamó la atención. Había un juguete bastante realista de una perrita, la cual se movía si se le apretaba un botón, y Jobaronte de inmediato quedó cautivado. No podía creer lo que sus ojos veían, era algo raro para él, ya que siempre estuvo solo. Con el corazón latiendo, y con su mente algo confundida, se devolvió a su callejón, miró a la luna y pensó en la misteriosa perrita antes de dormir.
Un molestoso camión de la basura despertó a Jobaronte a eso de las 3 de la tarde. Se sacudió, se rascó la oreja y con todas las ganas del mundo corrió para ver a la perrita. Primero pasó por su carne diaria donde el carnicero, para luego correr a la juguetería. Ahí estaba ella: quieta, inerte y con una mirada fija hacia el lugar donde Jobaronte se instaló. Él juraba que la perrita lo veía y su corazón latía tan fuerte que llegaba a camuflar el sonido ambiente de los autos. Ya se hacía de noche, así que dejó un poco de la carne que no se comió en el suelo para que ella comiera y se marchó a su callejón. Ahora no miró a la luna, ya que la imagen de la perrita vivía en él; se estaba enamorando.
Un molestoso camión de la basura pasó cerca de las 3 de la tarde, pero a esa hora Jobaronte ya estaba afuera de la tienda, viendo como la perrita se movía de un lado hacia otro. No fue por su almuerzo diario en la carnicería, ya que no la necesitaba; sólo quería verla a ella. Él estaba contento, ya que pensaba que se movía porque había comido la carne que le dio, siendo que en realidad el dueño de la tienda le apretó el botón para que se moviera. Puso su patita sobre el vidrio que los separaba, esperando que la perrita también hiciera lo mismo, pero no pasó. Estuvo así varias horas, hasta que la luna y las estrellas dijieron presente y tuvo que marchar. Le dio un lengüetazo al vidrio y se marchó para mañana volver y repetir su nueva y hermosa rutina. Antes de dormir vio las estrellas y notó como una brillaba más que las otras. La miró, la miró, hasta que sus ojos dijieron basta y se cerraron. Aun durmiendo soñó con esa estrella y de cómo ésta se comparaba con el amor que sentía por la perrita.
Una fuerte lluvia azotaba la villa de Jobaronte, pero a éste poco le importó eso, ya que, apenas el reloj marcó las 12, él ya estaba caminando para vigilar a su hermosa amada, o al menos eso pensaba. Una madre compró el juguete para regalárselo a su pequeño hijo, por lo que la perrita ya no se encontraba en la tienda. Él pensaba que ella se había ido sólo por un rato y que ya volvería, así que se acostó en frente de la tienda para esperarla, y esperarla... y esperarla.
Pasaron varios meses y la lluvia seguía azotando, ahora no el pueblo, sino que el corazón de Jobaronte. Se percató que no volvería, que jamás volverá a ver a la perrita. La pena lo ahogaba al saber que jamás tuvo y jamás tendrá a su princesa prisionera de una jaula de vidrio. Destrozado por el dolor, le dio el último lengüetazo al vidrio, un lengüetazo con sabor a "hasta siempre". Caminó hasta su callejón, sólo la luna iluminaban su mundo, mundo que ahora era vacío. Se acostó y vio las estrellas detenidamente, hasta que encontró la estrella que brillaba, pero la notaba un poco más opaca. Mientras la veía pensó en todas las cosas que vivió y que imaginó con la perrita, pensamientos que dibujaron una sonrisa en su cara al saber que lo dio todo y que aunque no pudo estar con la ella, nadie lo hará olvidar los momentos hermosos, ya que, aunque su amada nunca fue real, lo que él sintió sí lo fue. La estrella poco a poco dejó de brillar; Jobaratonte poco a poco empezó a cerrar los ojos.
Un molestoso camión de la basura pasó cerca de las 3 de la tarde. Jobaronte no se sacudió ni se rascó la oreja; él estaba acostado, sonriendo y compartiendo una eternidad con la perrita, donde no hay ni día ni noche que los alejara y sin un vidrio que los separara.
viernes, 23 de noviembre de 2012
Vida, destino
La amargura de la luz de la luna no es nada en comparación a los recuerdos que vuelven a mi mente cuando ésta desea descansar, tal boomerang que golpea mi pecho con su vuelo.
Uno forja solo su destino, y a falta de tinta, buena es su propia sangre. No hay que echarle la culpa al ambiente por su tragedia; uno mismo es quién escribe su propio final.
Maldita mañana de verano que me hiciste caer más allá de lo que cualquier mortal ha caído. Pronto compraré una escalera para subir. Lamentablemente, no hay tienda que le abra a un errante como yo.
Uno forja solo su destino, y a falta de tinta, buena es su propia sangre. No hay que echarle la culpa al ambiente por su tragedia; uno mismo es quién escribe su propio final.
Maldita mañana de verano que me hiciste caer más allá de lo que cualquier mortal ha caído. Pronto compraré una escalera para subir. Lamentablemente, no hay tienda que le abra a un errante como yo.
martes, 2 de octubre de 2012
Un fin sin comienzo
No es fácil saber que uno sobra en una historia, ni tampoco es fácil saber que uno cada día quema partes de su propia semblanza.
La valentía siempre tiene un toque de estupidez, esa que nos hace dar la vida sin recibir algo a cambio. Algo realmente lindo, de lo cual uno nunca se debe avergonzar; ni hoy, ni mañana serán el caso.
Los lobos aulladores deben saber que por más que le lloren a la luna, esta preferirá estar junto a los exploradores que dieron ese gran paso para poder estar en ella, y bueno ¿Qué posibilidad tiene un lobo cariacontecido ante ellos? ninguna; seamos realistas.
Sé que nunca seré ese por qué la luna salga todas las noches con aquel brillo que hace que el futuro más incierto sea el presente más despejado. Sé que nunca sentiré ese fulgor que sólo ella es capaz de dar a los venturosos fulleros. Sé que nunca estaré envuelto en aquella melodía mágica... sé que nunca seré nada, pero no me importa, porque sé que mis aullidos son responsables de que ella, la que rocía mi vida con su atrayente luz, siga brillando, aunque sólo sean granitos de arena en una montaña.
Realmente da igual. No quiero... no puedo dejar de admirar esa luna. ¿Para qué ver estrellas carentes de destello si puedo ver un astro tan hermoso? Ni aunque recorra todos los jardines del mundo, todos los mares y todas las memorias ya desechas, no encontraré algo como esto en el futuro.
No sé si ésto será bueno o será malo, sólo sé que ésto me hace sentir vivo... me hace sentir como yo aprendí a vivir y como yo colgaré mis botas.
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