Jafel era un gato normal, sin grandes cualidades… bueno, sólo una: su soledad. Jafel era fue el segundo de 8 hermanos que fueron separados de su madre al momento de nacer para irse a diversas tiendas de mascotas, ya que tenían un pelaje bastante raro; todos tenían una mancha de pelos en la pata izquierda que era muy parecida a una media luna. Pero Jafel no fue a ninguna tienda; éste fue a una humilde casa al sur de la capital junto a su madre y una hermana menor.
Todo partió bien en la vida de nuestro gatuno personaje: vivía en una casa sin grandes lujos, pero nunca le faltó nada… aunque en su conciencia siempre pidió algo: un hermano mayor que lo guiara. Él, como hermano mayor en la casa, siempre tuvo que cuidar a su pequeña hermana. Siempre la aconsejó, protegió y guió a la pequeña por la vida, pero nadie hizo lo mismo con él, y eso dejaba a Jafel en un gran abismo de tristeza.
Pasaron 3 años y una familia se llevó a su madre y a su hermana a una casa en el este de la capital. “Sé fuerte, hijo. Nunca te rindas, porque siempre estaré contigo, y aunque no lo creas siempre existirá la posibilidad de encontrar alguien en tu vida que te haga sentir bien. Esto no es un adiós; es un siempre te amaré” fueron las palabras de despedida de su madre ante un recital de maúllos de desesperación de Jafel.
Pasaron algunos meses y nuestro peludo amigo decidió irse de la casa donde alojaba. “No puedo estar cómodo en esta falsa compañía; mejor la soledad a este calvario” pensó mientras saltaba por la ventana rumbo a la selva de cemento. Soportó lluvias interminables y rayos de sol sofocantes, pero ese sufrimiento no se comparaba en lo mínimo a su sentimiento de soledad. Un día caminando, vio una familia de perros callejeros, sin un hueso que comer, pero la felicidad de ellos era tremenda, porque aunque no tenían nada se tenían a ellos, y eso es lo más importante. Mientras Jafel los miraba, chocó con una gata un poco más grande que él que miraba asombrada a la misma familia perruna.
“Fíjate por donde caminas”, “Ten cuidado”, “¿Acaso no ves?” fueron algunas de las cosas que se dijeron en ese momento, terminando todo con un “Cállate y ándate”.
Era de noche cuando Jafel no daba más del hambre que tenía. Tirado en el suelo con sus ojos semi-cerrados cuando un trozo de pan cae desde el cielo. Sorprendido, Jafel, mira para ambos lados antes de atacar su único alimento en días, cuando la misma gata con la que había chocado aparece y le dice “Fue un error mutuo, perdón”. Ambos comieron juntos ese pedazo de pan que visto por otros era nada más que un poco de basura, pero para ellos era un festín digno de los Dioses del Olimpo. “Me llamo Colene, mucho gusto” dijo la gata, dándole la pata a Jafel. Ambos contaron sus historias marcadas por la pena mientras una pareja de mendigos tocaba una pegajosa canción acompañada de una armónica. “No sacamos nada con estar acá, sentados de patas cruzadas y tristes siendo que podemos salir a recorrer este hermoso mundo manchado por el gris del ser humano” dijo Jafel agarrando a Colene de la pata llevándola a un cerro que frecuentaba demasiado. “Mírala, es hermosa” dijo él observando la luna. “No sabía que a ti también te gustara” dijo ella sin despegar su mirada de aquella esférica y luminosa silueta.
Y así pasaron los días, paseando y hablando; peleando y abrazándose; alimentándose de las sobras de los restaurantes del sector. Cada uno protegía a su manera al otro: mientras él la protegía de los gatos y perros del sector, ella lo hacía subiéndole el ánimo cada vez que él entraba en su depresión.
Pasaron 5 años cuando ninguno de los podía más. La vida se les iba. Ya no sonaba ese fondo de armónica que los caracterizaba, y ambos decidieron ir a pasar sus últimos días de vida al cerro donde miraban la luna todas las noches. Jafel, sabiendo que no les quedaba mucho de vida, le dijo a Colene “Quizás no nos criamos juntos, pero por ti siento algo raro. Me hubiera encantado haberme criado contigo, ya que me haz enseñado mucho en esta vida. Me haz hecho sentir una mejor persona, me haz corregido y ayudado infinitas veces, y no sé tú, pero yo a ti te considero como la hermana mayor que tuve alguna vez, pero nunca pude conocer. Te amo y te juro ante esta luna que nos ha marcado en nuestra vida que nunca te dejaré sola, ni en esta vida que se nos va ni en las que vendrán” Ambos con los ojos empapados de un mar salado se dieron un abrazo que sintieron que duró mil años. Al rato se tiraron en el suelo esperando su hora, ambos tomados de sus patas, cuando Jafel antes de cerrar sus ojos vio la pata de Colene… tenía una mancha similar a una media luna. “Qué linda mancha tiene, es igual a la mía” pensó Jafel antes de cerrar sus ojos e ir a un lugar mejor.
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